Llegó al “puesto” tanto tiempo
esperado, desde los días de cadete, brigadier y guardia marina librando
batallas que debieron ser terribles pues logró desplazar nada menos que a 52
que estaban por delante. Claro que no fue a tiros como suele ocurrir en las
revoluciones, sino a “jaladas” como también suele ocurrir en las roboluciones
que cultivan el culto a la persona.
Su comandante lo necesita. Siente que
esa cosa inasible que es el poder se comporta como el fuego fatuo y se le
escapa de las manos. Allí está el almirante “rodilla en tierra o quizá en agua
por ser de la marina” para defenderlo, si es preciso a tiros, para hacer
resucitar el anatema formulado hace años y enterrado por quienes enfrentaron y
derrotaron la invasión cubana en los años 60 “genios inéditos del arte militar
que jamás han disparado un tiro sino a mansalva y sobre seguros contra su
propio pueblo inerme”.
Está preparado para asumir la guerra
de guerrillas desde la seguridad del poder. Su vocación revolucionaria no lo
llevó a la montaña para combatir al gobierno cuando era grumete y el odiado
“régimen capitalista esclavista que no volverá”, le ofrecía una carrera
profesional, ni tampoco a la llegada de la fuerza invasora cubana, cuando quizá
era capitán de corbeta o de fragata, porque el nuevo gobierno socialista le
ofrecía una carrera mejor, que corona la comandancia de la armada y el rango de
almirante que, ahora sí, son el impulso que necesitaba y no tuvo joven; y que
tampoco lo llevará ni a las montañas ni a los mares del imperio; pero si, a librar su guerrita de palabras, como lo
mostró al tomar posesión del cargo. No en vano es
seguidor del mayor hablador de nuestra historia.
Caracas, 21 de septiembre de 2011
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